1 de agosto de 2010

Y por fin, vino…

Yo soy la persona menos indicada para hablar de lo que es el mundo del vino, ya que:

- No tengo mucho dinero.

- No soy un prodigio con el gusto y el olfato.

- Tengo cero referencia y formación.

- Mis copas no son las adecuadas (son buenísimas y caras  –Luminarc- pero su tamaño no es el ideal, para la cata se utilizan copas grandotas, las mías son medianas).



Sin embargo tengo algo a mi favor, soy extremadamente audaz:

El año pasado compré un lote de 5 vinos varietales tintos Casillero del Diablo (Cosecha histórica de 2007); son vinos chilenos de la casa Concha y Toro. Elegí esta marca porque sus vinos son de buenísima calidad y son re-accesibles (la botella estaba entre 31 y 49 Bs., entonces).

… Y comencé a consumirlos.

A veces me tomaba sólo una copa (para pasarla bien), pero la mayoría de las veces consumía 2 variedades por sesión (de las botellas que estaban abiertas). En determinado momento, cuando todas mis botellas estaban abiertas, tomé las 5 en una. No hace falta señalar que tenía un afán comparativo y auto-formativo.

Ya se imaginarán la orgía de vino que se armó.

Al final de todo el proceso, con todo mi pesar tuve que echar un pequeña parte de vino sobrante de algunas botellas que ya estaba oxidado (duraron mucho tiempo). Lo que pasa es que, es un pecado mortal dejar sin consumir más de un día un vino recién abierto. Pero los cabrones franceses tendrán que considerar que vivo en el tercer mundo y que no tengo tanta plata, y que si no hubiera hecho las cosas como las hice, nunca hubiera podido comparar 5 variedades en uno.

Debo aclarar que fui muy cuidadoso en la conservación de mis vinitos: los compré comenzando el invierno para que no se jodan por el calor, mi pequeña cava (improvisada) reúne las condiciones mínimas de humedad, temperatura y luz (no tanto de aislamiento de sonido). También fui cuidadoso al guardar mis botellas moviéndolas lo menos posible y absorbiendo el aire que había dentro con mi boca antes de taparlos con el corcho sintético (verán que por esta razón, no podía compartirlos).

Y en fin, fue una de las cosas más cabronas que en mi vida se me ocurrió hacer. Ahora puedo diferenciar, sin temor a equivocarme, un Carménère de un Cabernet Sauvignon, un Merlot de un Syrah, y no hay forma de que no reconozca un Pinot Noir a la primera (jeje, quien sabe de vinos se da cuenta que no hay nada difícil en esto). 

Así fue...
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